Guayaquil es una ciudad con mucho
movimiento, nos previenen de que tengamos cuidado y que no
presentemos objetos apetecibles a los amigos de lo ajeno.
Desayunamos en el hotel PlazaSanRafael,
en la plaza Bolivar, céntrico y con una plaza que todos los días
toca la banda. Está muy bien situado y después de 27 horas de meneo
la elección fue muy buena.
LLegamos a desayunar casi al final,
huevos pericos, zumo y café flojo desmerece........... Salimos a la
calle a sonido de banda, al parque Bolivar, plaza muy tranquila llena
de Iguanas que posan y se dejan ver a los paseantes. Estamos en el
sur, barrio donde se encuentra la administración y la mayor
concentración de edificios coloniales.
Con mucha vida burocrática,
fuertemente vigilada, hace que la sensación sea de que “al loro”,
polis de todos los colores, la gente a lo suyo, muy amable, cuando
queremos tener algo de información. El mundial ha terminado para
ellos, ahora son todos colombianos, amortizando todos los símbolos
patrios, símbolos que siempre nos han hecho huir de la histeria
colectiva ágilmente movida por el consumismo.
El nuevo malecón es la referencia a
dos cuadras del hotel, paseo fluvial que servía de defensa a todo
barco pirata que quería hacer de las suyas.Es el paseo del pueblo,
donde también, termina la calle 9 de octubre, calle transversal al
río.
La “plaza del Castillo fluvial” nos
recuerda la cantidad de dinero despilfarrado que hemos sufrido y que
ahora les toca a ellos, despotismo urbanístico que al final ahoga y
hay que pagar.
Recorremos todo el malecón, antigua
zona portuaria recuperada como centro de ocio y cultura. LLena de
chiringuitos la gente le da al chupe, pescado rápido para el árduo
funcionario. Desde el edificio de cristal hasta el Cerro Santa Ana,
colina de 600 escaleras que subiremos como unos chavales.
Antes una charla, conferencia en la
oficina de turismo, una hora de consejos y precauciones de las
“maravillas que tenemos en el país”. La oficina escondida, nos
cuesta encontrarla, la búsqueda nos ayuda a pasear por todo el
barrio burocrático, la chica muy amable y generosa nos llena de
información y panfletos.
Cerca del hotel descansamos, ceviche a
discreción de churo y camarón, muy bueno y con un refresco muy frío
nos hace olvidar la andada y el calor húmedo que soportamos con
naturalidad.
El cerro Santa Ana es nuestra nueva
búsqueda, río arriba por el malecón no tiene pierde.
Como si estuvieramos en La Barceloneta
vemos al fondo el cerro, llegamos a la escalera número 1, hasta casi
500 subimos, fuertemente vigilada por polis de diferentes colores,
qué deciros los tascucios que invitan a descansar y tomar algo.
Nosotros, todavía con fuerzas, de una tirada y sin alterar el pulso.
Desde arriba vemos parte del delta del
río Guayas, los distintos ensanches, edificios nuevos y altos que
van sustituyendo al barrio antiguo. Barrio antiguo, con casas muy
alegres, colores atrevidos que forman un arcoiris muy armónico.
Rodeando, por la parte baja, aparece el
barrio Sta Ana, a nivel de río, casas palacios de madera, de colores
cálidos hacen que estén llenas de talleres de pintura. La
rehabilitación de una antigua cervezería echa un cierto tufo a
“pelotazos” guays, lofts, vacíos que al final.......quién los
paga, tanto diseño snob, que por serlo todos sacan tajada...........
LLega la noche, mañana tenemos el
vuelo-burocrático a Galápagos, sin apenas hambre pero con sed
tomamos al lado del hotel un snack con refresco maltés.
Cancelamos la cuenta y reservamos para
el día 9, regreso de las islas y ya camino de nuestra visita a la
familia de MariCruz.
Fotos: